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jueves, 17 de marzo de 2011

¡QUEMARÉ EL ÚLTIMO CARTUCHO!



Por: Juan José Guerrero.

En la mañana del 5 de junio de 1880, el campamento patriota de Arica fue sorprendido por un toque de corneta enemigo que anunciaba parlamento. En efecto, nuestras avanzadas comprobaron la presencia de un grupo de chilenos, cuyo jefe el mayor Juan de la Cruz Salvo, solicitó audiencia del coronel Bolognesi para comunicarle una proposición del general
Baquedano. El parlamentario fue tratado cortésmente y luego de ser vendado fue conducido a presencia del jefe patriota.
Los pormenores de esa reunión fueron narrados verídicamente por el historiador chileno Vicuña Mackenna, quien recogió el testimonio del propio Salvo. Se exigió la rendición de la plaza, ofreciendo amplias garantías a sus defensores. Bolognesi reunió entonces a todo su estado mayor y jefes de batallones para adoptar un acuerdo; y éste, unánime, fue el de resistir hasta el
sacrificio. Tras ello Salvo regresó a sus filas, no sin antes repetir que la desgracia de Arica estaba sellada.
Orgulloso sin duda de sus camaradas, Bolognesi transmitió de inmediato un telegrama al prefecto de Arequipa, comunicándole la inmortal respuesta:

“Arica, 5 de junio, 9 horas. Prefecto Arequipa:
parlamentario impone rendición. Contestación, previo acuerdo jefes:

QUEMAREMOS EL ÚLTIMO CARTUCHO. Bolognesi”.

La reacción del comando chileno fue desatar el cañoneo de la plaza. Aprovechando un momento de tregua, pletórico de patriotismo, poco después del mediodía Bolognesi remitió otro telegrama a Arequipa, para que no quedara duda alguna sobre la determinación de ese puñado de valientes que con él se disponían a morir por salvar el honor nacional:

“Arica, 5 de junio. Prefecto Arequipa:
suspendido por enemigo cañoneo. Parlamentario dijo: General Baquedano por deferencia especial a la enérgica actitud de la plaza, desea evitar derramamiento de sangre. Contesté según acuerdo de jefes:

MI ÚLTIMA PALABRA ES QUEMAR EL ÚLTIMO CARTUCHO. ¡Viva el Perú!. Bolognesi”.

Ese juramento fue cabalmente cumplido el 7 de junio de 1880.
¡Quemaré el último cartucho!, repetirá con entusiasmo el viajero, cuando desde los cristales de la rada de Arica contemple el alto Morro, más que majestuosa tumba, radiante pináculo de gloria, donde la inmortalidad ha escrito en primer término el nombre de Francisco Bolognesi.

¡Quemaré el último cartucho!, repetirá quien quiera que bañe el espíritu en las tradiciones patrias; quien quiera que venere las cenizas de sus antepasados; quien quiera que repercutiendo en la conciencia la voz de la naturaleza, tenga por escudo el derecho y por lema la justicia.

¡Quemaré el último cartucho!, frase que ha sido y será la más sublime síntesis del más levantado patriotismo; la breve, enérgica, elocuente fórmula de la grandiosa resolución de aceptar con serenidad y júbilo los sacrificios todos en aras de la honra de la patria.

¡Quemaré el último cartucho!, palabras que son la magnífica apoteosis de Bolognesi; y que quedan para todas las generaciones como invalorable legado de una gloria sin límites.

Al recordar la jornada de Arica, y con ella al primero de sus héroes, bien pudiéramos repetir lo que el poeta Ricafuerte dijo: “Vivió para la América un segundo; y para su gloria, lo que viva el mundo”.
Las palabras de Bolognesi, confirmadas con su gloriosa muerte, seguirán escuchándose por siempre y en todos los ámbitos, como el hermoso compendio de una existencia paradigmática e inmortal.

EN EL ALTO DE LA ALIANZA


Tacna: Monumento a los Héroes del Campo de la Alianza

Por: Luis Guzmán Palomino.

Pese a que el enemigo era notoriamente superior a los nuestros en número (según el parte oficial de Montero hubo ocho mil combatientes de nuestra parte mientras que los chilenos eran veinte
mil) la batalla del Alto de la Alianza duró varias horas, lo que fue un claro indicador del entusiasmo, valor y tenacidad que demostraron los aliados aquel infausto como glorioso 26 de mayo de 1880. Pero además de la incontestable diferencia numérica, hubo sobre todo un abismal contraste en el material de guerra presentado por los contendientes, lo que no fue
responsabilidad de los mandos militares sino de aquellos que al usurpar el poder político atentaron contra la unidad nacional y negaron todo apoyo al ejército que defendía Tacna y Arica, condenándolo de antemano a la derrota.

LA POLÍTICA DEL DESARME

Repasemos brevemente los hechos. El Perú, minado por la anarquía política y la corruptela de la era del guano, se mantuvo al margen del desarrollo industrial y la revolución en el armamento que se dio en Europa y Norteamérica en la sétima década del siglo XIX, a escasos años de estallar la guerra del guano y del salitre. Chile hizo lo contrario, construyendo en astilleros británicos dos modernos blindados, con los que en 1874 pasó a ocupar la supremacía en el Pacífico Sur.
En lo que respecta al material de guerra terrestre se dio la misma figura. La aparición de la industria pesada motivó el predominio de la artillería de campaña y de nuevas armas de fuego para la infantería. Se había puesto en práctica una nueva modalidad de guerra, la de movimientos, en la guerra civil norteamericana, en el conflicto entre Prusia y Austria y sobre todo en la guerra franco-prusiana. El nuevo material se adecuaba a la nueva modalidad de
guerra.
Con ello se convirtió en obsoleto el armamento que para el ejército peruano trajo de Europa Francisco Bolognesi, en misión encomendada por el presidente mariscal Ramón Castilla. Los nuevos cañones Krupp y los modernos tipos de fusil, que Chile tuvo el acierto de adquirir, convirtieron en inservible y anticuado al material de guerra existente en el Perú.
Ello quedaría demostrado al iniciarse las operaciones terrestres de la guerra del 79, cuando en la batalla de San Francisco bastó el fuego de la artillería chilena para contener el avance de la infantería peruano-boliviana.
De igual manera, serían decisivos los 30 cañones Krupp que vomitaron mortífero fuego en la batalla del Alto de la Alianza, sin que a ellos pudieron oponerse la artillería boliviana compuesta por sólo 6 cañones Krupp, en tanto que la peruana era prácticamente inexistente. Recuérdese que en la batalla de Tarapacá lucharon los artilleros peruanos sin cañones y los que se tomaron al enemigo tuvieron que ser enterrados al producirse la retirada a Tacna.
Luego del holocausto de Miguel Grau en Angamos -como bien se sabe- Chile quedó dueño absoluto del mar. El único buque nuestro que había podido hacer frente a su poderío, el glorioso monitor “Huáscar”, fue después mancillado con otra bandera y otros tripulantes, y en 1880 acompañó a los buques chilenos en sus incursiones contra los indefensos puertos peruanos.
Tómese en cuenta que salvo el Callao y Arica, el resto del litoral carecía de fortificaciones. Apenas nos quedó la corbeta “Unión” y unos cuantos trasportes y pequeños monitores, que nada podían contra el incontestable poderío naval enemigo.
El dictador nada hizo por adquirir el material que se necesitaba para revertir el curso de la guerra, pese a que así lo había prometido al hacerse del mando en diciembre de 1879. Nuestras costas quedaron así a merced del enemigo, que no tuvo mayores problemas para desembarcar fuerzas de invasión por Ilo y Pacocha.

LA NEFASTA “REORGANIZACIÓN” DEL EJÉRCITO

Entre los comandos patriotas el descontento fue notorio cuando se conocieron los sorpresivos decretos de la dictadura “reorganizando” el ejército del sur. Pese a que su comandante general, el contralmirante Lizardo Montero, expresara su reconocimiento al nuevo gobierno, Piérola no tardó en restarle mando, recordando que había sido su opositor político. Fue por ello que el
dictador decretó la fatídica “reorganización”: Montero sólo retuvo el mando del que pasó a llamarse primer ejército del sur, con sede en Tacna, desprendiéndose de su autoridad las tropas de Arequipa, Moquegua y Puno, que pasaron a conformar el segundo ejército del sur, cuyo cuartel general se estableció en Arequipa.
Protestó Montero por tal “reorganización”, haciéndose eco de las quejas manifiestas por los vencedores de Tarapacá; y la consideró “funestamente peligrosa”, de impredecibles consecuencias. Pero aunque hubiese podido renunciar, que fue lo que al parecer pretendió provocar el dictador, no lo hizo, juzgando que una actitud de tal naturaleza hubiese provocado el
enfrentamiento abierto entre los comandos patriotas y las autoridades políticas.
Existió la posibilidad de socorrer a ese ejército con algún material de guerra, por pobre que fuese, remitiéndolo por vía terrestre, especialmente por el camino de la sierra, como más tarde lo harían los chilenos. Pero no se dio tal abastecimiento, aduciéndose carencia de elementos de movilidad y de transporte. Las contadas veces que el gobierno aparentó atender los requerimientos de los jefes del frente sur, utilizó la vía marítima con escaso resultado positivo.
El apoyo era más que insuficiente y casi absoluta la apatía del gobierno, por lo que Montero hizo manifiesta su contrariedad, topándose con oídos sordos: “Hace algunos correos no recibo comunicación de Ud. -le escribió a Piérola el 29 de abril de 1880, desde Tacna- ... y por acá vivimos en la más completa ignorancia de lo que allá se hace y pasa, especialmente sobre la
adquisición de elementos bélicos para la prosecución de la guerra”.
Elementos bélicos, ¿acaso los procuraba el autotitulado jefe de los ejércitos? ¿los conseguía por ventura su correligionario Miguel Iglesias, ministro de guerra de la dictadura? Nada de eso; todo lo contrario. Porque Piérola e Iglesias, futuros artífices y cómplices en el entreguismo, desde su
cómoda posición de Lima se limitaron a trasmitir órdenes de mantenerse a la defensiva, amén de sembrar a sus favoritos, aunque no fuesen militares de carrera, en las jefaturas del ejército.
De allí que Montero, en atrevida condena, escribiera a Piérola el 5 de mayo: “Los jefes de cuerpo que Ud. ordenó que fueran destinados a este ejército, se hallan actualmente en sus respectivas colocaciones, no habiéndose podido aún cumplir la refundición de algunos porque temo que se pierdan... Por lo demás, yo no tengo amores ni con comandantes generales ni con jefes
de cuerpo”.

EL TESTIMONIO DE TOMÁS CAIVANO

Ni auxilio en contingente humano, ni material de guerra, ni adecuadas orientaciones podían esperar los patriotas de Tacna y Arica. Al cabo, llegaron a la trágica conclusión de que habían sido abandonados a su suerte. Porque mientras Bolognesi, Cáceres, Montero, Campero y Camacho se alistaban para la desigual batalla, Piérola, vestido de militar con uniforme prusiano, se dedicaba en Lima, con inusitada vehemencia, a organizar un ejército colecticio, entregando sus mandos a improvisados “coroneles” adictos a su política. En esos tiempos, los terratenientes y otros afortunados podían ostentar ese grado militar, sin haber pisado nunca un cuartel.
La mayor parte de los recursos bélicos de que disponía el Perú, que eran bien pocos, los concentró el dictador en la capital, como si en el sur no existiera un ejército próximo a librar combate. Por eso, el historiador italiano Tomás Caivano no pudo menos que denunciar lo que fue sin duda un proceder negativo:
“Piérola temía que una vez vencedor de los chilenos, Montero se rebelase contra él, y que valiéndose del mayor prestigio y ascendiente que la victoria le procuraría en el pueblo, no le fuera posible arrojarlo del solio dictatorial para ocupar su puesto; y no preocupándose más que de sí mismo, concentró todos sus esfuerzos en una tenaz y mal encubierta guerra contra
Montero y el ejército que estaba a sus órdenes... Piérola fue todavía más adelante, y atendiendo a los hechos parece que debió decirse: “Puesto que no puedo conseguir que Montero no se bata con los chilenos, procuraré que no venza; y de este modo, él y su derrotado ejército no podrán ser jamás un peligro para mí”.
Así, la suerte estaba echada. Huérfano de apoyo el ejército peruanoboliviano iba a sucumbir. Hubo intención de dar la batalla en Sama, pero esto fue objetado al advertirse la carencia absoluta de elementos de movilidad y transporte. Además, había orden de Piérola para mantenerse en Tacna a las defensiva; el dictador había prometido el concurso del segundo ejército del sur, para abrir dos frentes al enemigo, pero ese apoyo nunca llegaría. El alto mando
del ejército aliado decidió dar la batalla en las afueras de la ciudad, en una meseta de pocos metros de elevación sobre la llanura que domina y se prolonga sobre la costa, cuyo terreno presentaba ondulaciones a manera de trincheras naturales. Por una orden general este sitio fue bautizado como El Campamento del Alto de la Alianza.

GRAVE ERROR EN QUEBRADA HONDA

Entre tanto, el ejército chileno comandado por el general Baquedano, después de una campaña de vandalismo en Moquegua avanzó sin oposición a Sama, pasando luego a Buenavista y Las Yaras, para finalmente acantonar en Quebrada Honda, a tres leguas del campamento de los aliados. A última hora el presidente boliviano Narciso Campero, director de la guerra, consciente de la incontestable superioridad material del enemigo, intentó caer por sorpresa sobre el acantonamiento enemigo, pero las tropas se extraviaron en plena marcha, porque ninguno de los jefes tenía una brújula y una espesa camanchaca cubría toda visibilidad.
Fue el coronel Cáceres quien advirtió del error al director de la guerra, ordenándose detener el avance en medio de la mayor confusión: “Hízose indispensable rectificar la dirección, y para esto el general Campero mandó variar a la izquierda las divisiones que tenía a sus órdenes, las cuales al efectuar el movimiento se encontraron de frente con las del centro, encuentro que produjo la mayor confusión, por lo cual ordenó hacer alto a todo el ejército. Pero entonces ya no se sabía a qué distancia del enemigo se encontraban nuestras tropas, y convencido de que estábamos extraviados en la ruta de marcha, el general en jefe mandó a sus ayudantes hacer fogatas en
el Alto de la Alianza. Poco después, en efecto, quedaba alumbrado el paraje, y las divisiones recibieron orden de volver al campamento. El ayudante que fue a trasmitir esta orden al general Montero (que iba por la izquierda), lo encontró perdido en el campo y casi a la mano del enemigo, de donde pudo, felizmente, contramarchar. En esta descabellada marcha y contramarcha nos sorprendió el día, fracasando así la intentada sorpresa de Quebrada Honda”.
Se tuvo que regresar al Alto de la Alianza en las últimas horas de la madrugada de aquel aciago 26 de mayo de 1880, en medio de una espesa neblina, con un frío que calaba los huesos y por un arenal que sobrepasaba el tobillo de los caminantes. Muchos de ellos sólo calzaban ojotas y llevaban como uniforme un paupérrimo traje. En el ir y venir de Quebrada Honda se pasó toda la madrugada, de modo que los aliados no tuvieron tiempo para dormir, y tampoco para alimentarse, pues al despuntar la mañana se inició el fuego de la artillería chilena.
Pese a todo, todos los defensores del Alto de la Alianza tomaron de inmediato sus puestos de combate, incluidos los muchos civiles que llegaron de Tacna en la víspera. Campero recorrió toda la línea, deteniéndose ante cada cuerpo, improvisando arengas para enardecer el entusiasmo bélico de los combatientes, mientras las bandas de guerra ejecutaban las marchas nacionales del Perú y Bolivia.

LA INSIGNIA DEL “ZEPITA”

A las once de la mañana, desplegadas las tropas chilenas en amplio ataque frontal, se trabó el combate en toda la línea, sosteniéndose los aliados sin ceder un paso. Intensas fueron las primeras horas de lucha y cerca de la una de la tarde el resultado pareció favorecer a los aliados, compitiendo en heroísmo los batallones peruanos “Zepita” y “Cazadores del Misti” con los
bolivianos “Sucre” y “Colorados”. Esto entusiasmó tanto al coronel Camacho que ordenó un contraataque de conjunto, pero esto iba a resultar adverso porque no toda la línea pudo avanzar y porque los chilenos recién ponían en acción a sus numerosas tropas de reserva, declarándose la derrota de los aliados a eso de las tres de la tarde. Cedamos aquí la narración al coronel Cáceres:
“El (contraataque) se inició, saliendo fuera de la línea, con el avance de mi división, la de Suárez y la de Castro Pinto. Apenas había adelantado yo unos cien metros a la cabeza de mis batallones “Zepita” y “Misti”, cuando perdí el caballo. Mi ayudante, capitán Lazúrtegui, me dio el suyo, que
también quedó pronto inutilizado. Mi segundo jefe, comandante Llosa, al avanzar sobre el enemigo, recibió un balazo en el pecho, que le mató instantáneamente; su caballo, sintiéndose sin jinete, partió a la carrera, pero fue alcanzado por uno de los oficiales; al tiempo de poner el pie en el estribo, fue arrancado éste por una bala y hube de montar por el lado opuesto. De los
ayudantes que me acompañaban cayeron los capitanes Chacón y Cabello. El abanderado, teniente Padilla, cayó haciendo flamear la bandera en medio de la lucha, y ordené al teniente castellanos que recogiera la insignia del “Zepita”.
“Nuestro contraataque seguía, en tanto, pertinaz. Los “Colorados” rivalizaban con nuestros bravos del “Zepita”, y la refriega tornábase cada vez más enconada. Aliados y chilenos acometíanse furiosamente, haciendo extraordinarias proezas. Con todo, nuestro decidido empuje adelantaba; pero nos faltaron refuerzos para cubrir las bajas y sostener la impulsión del
contraataque, refuerzo que ya no era posible obtener porque todas las reservas estaban empeñadas en la línea de combate”.
“El enemigo, fuertemente reforzado, volvía, en tanto, al ataque. La lucha era tremenda. El fuego que se nos dirigía de todas partes diezmaba mi división y la de Suárez, y hubo momentos en que estuvimos en un tris de ser completamente envueltos, pues el resto de la línea no había acompañado nuestro avance, por hallarse también combatiendo duramente en sus propias
posiciones. Varios jefes habían ya caído en la porfiada lid, muertos o heridos; y a poco fue también herido el valeroso coronel Camacho, comandante general del Centro. El general en jefe, que no perdía detalle en la conducción de la batalla, ordenó al instante al coronel Ramón Gonzáles sustituirle”.
Abrumados por el número y la potencia de fuego de los chilenos, y con casi todos los batallones en cuadros, retrocedió el ejército aliado, ordenándose finalmente su retirada, que cubrió con gran esfuerzo el batallón “Zepita”, perdiendo en esa sacrificada acción el ochenta por ciento de sus efectivos.
Cáceres, que dirigió esa maniobra, dijo con orgullo que sus hombres dejaron el campo reteniendo su bandera.

UN HEROÍSMO SUPERIOR A TODO ENCOMIO

Cayeron de los aliados cerca de 2,500 combatientes, entre muertos y heridos, vale decir, un tercio del efectivo total. Hubo especial ensañamiento contra los heridos peruanos, repasados en el campo y en las ambulancias por chilenos que quisieron vengarse así de su derrota en Tarapacá.
Las diversas unidades peruanas, con el brillante ejemplo de sus jefes y oficiales, hicieron prodigios de valor antes de ser diezmadas. “Tan cierto es que el ejército peruano ha luchado con bizarría -escribió Montero-, que de los doce batallones que tenía bajo mis órdenes, han muerto seis primeros jefes, y un comandante general, cuyos nombres guardará con orgullo la historia
patria. El señor coronel don Jacinto Mendoza, que comandaba la cuarta división; los coroneles Barriga, Fajardo, Luna; los tenientes coroneles Mac Lean, Llosa y el comandante Samuel Alcázar, que mandaban respectivamente los batallones “Huáscar”, “Cazadores del Rímac”,
“Cazadores del Misti”, “Arica”, “Zepita” y la columna de Tacna, han luchado con un heroísmo superior a todo encomio. Aparte de tan sensible pérdida, hemos tenido también la de muchos segundos y terceros jefes, sin contar con el gran número de heridos”.
Murieron del lado boliviano el coronel Eleodoro Camacho, de valeroso comportamiento en el combate, y el general Juan José Pérez, jefe de estado mayor general del ejército aliado, cuyo último aliento fue destinado a encomendar la continuación de la alianza peruano-boliviana. Contrariando ese ideal, los grupos de poder bolivianos, envueltos en discordias internas,
decidieron retirarse de la guerra, facilitando así los planes de Chile contra el Perú. Ello no desdice la comunidad de sentimientos que unió siempre a ambos pueblos, fraternidad sellada con la sangre derramada en el Alto de la Alianza:
“Peruanos y bolivianos -dice Cáceres- superáronse en decisión y valor, y en el campo de batalla quedaron valientes jefes y oficiales, caídos juntos en defensa de su patria y su bandera. Y entre los cuerpos de tropa distinguiéronse los famosos batallones “Zepita” (peruano) y “Colorados”
(boliviano), que rivalizando en bravura escribieron una nueva página de heroísmo en sus gloriosas tradiciones”.

EPÍLOGO

Anota Jorge Basadre que “las ventajas del número, del armamento y de la artillería chilenos contribuyeron al resultado final. La victoria, titubeante durante varias horas, se inclinó por ellos claramente, ya a las dos de la tarde.
En una carta particular a su esposa, el coronel Velásquez, jefe del estado mayor chileno, declaró: “Para qué digo el papel brillante que desempeñó la artillería. Los extranjeros en Tacna están sorprendidos de nuestra artillería y los peruanos dicen: “Que gracia, pues, por eso ganan los chilenos”.
Por su parte, el historiador chileno Vicuña Mackenna llamó la atención sobre la diferencia de los rifles. El Comblain chileno “hizo maravillas en Tacna (mientras) que los peruanos, por el contrario, armados más como turba que como ejército, lucharon con la irredimible desventaja de la variedad de sus rifles de precisión. Sólo el “Zepita” y el “Pisagua” estaban armados de rifles
Comblain. Los “Cazadores del Cuzco” y el batallón de Morales Bermúdez tenían Peabody americano de largo pero fatigoso tiro, mientras que los cuerpos organizados en el sur se batían con el ya anticuado Chassepot y los demás, especialmente los bolivianos, con el Remington”.
Y pese a tantas carencias el ejército aliado cayó con todos los honores. Los restos peruanos se retiraron por Tarata, donde Montero convocó una junta de jefes en la que Cáceres, porfiadamente, exigió acudir en apoyo de Bolognesi, siendo desechada su demanda: “En la junta, que presidió Montero, le invoqué la obligación que tenía, como comandante en jefe, de no abandonar la parte del ejército que se hallaba en Arica, a la que podíamos proteger con las
fuerzas reunidas en Tarata. Respondió Montero que él había dado ya la orden para que se retirasen aquellas tropas, y que, por consiguiente, sería impía inútil cualquiera otra medida. En seguida se resolvió la marcha hacia Puno”. A decir verdad, Bolognesi no llegó a recibir esa orden, aunque después de la toma del Morro los chilenos hicieron público el siguiente documento:
“Señor ministro Amunátegui: En Arica se has encontrado el siguiente parte de Montero después de la gloriosa batalla de Tacna: “No piensen en resistir, que la ira de Dios ha caído sobre el Perú”. Lynch”.
En Lima, según testimonios de José María Químper y Manuel González Prada, Piérola en privado y sus seguidores en público no ocultaron su regocijo al conocer la destrucción del ejército al que calificaron como “último resto del edificio levantado por el último gobierno”, conforme anota Mariano Felipe Paz Soldán. Francisco Bolognesi, como imaginando tan increíble trastorno,
confiaría a su noble esposa esta amarga conclusión: “Los días y las horas pasan como golpes de campana trágica que se esparcen sobre este peñasco de la ciudadela militar, engrandecida por un puñado de patriotas que tienen su plazo contado y la decisión de pelear sin desmayo para no defraudar al Perú... Dios va a decidir este drama en el que los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad. Unos y otros han dictado, con su incapacidad, la sentencia que nos aplicará el enemigo. Nunca reclames nada, para que no se crea que mi deber tiene precio”.

miércoles, 16 de marzo de 2011

El levantamiento de Pomata y el inicio de la educación indígena en el Siglo XIX


Los mensajeros de Chucuito: Antonio Chambi, José Antonio Chambilla y Mariano Illachura

Escribe: José Luis Velásquez Garambel

En el presente trabajo es acompañado por la fotografía de los mensajeros de Chucuito: Antonio Chambi, José Antonio Chambilla y Mariano Illachura (fotografía que se publica por primera vez después de más de 100 años. Es parte además de “Levantamientos indígenas, ideología, indigenismo y educación en el altiplano” Libro documentado, que completa a “Movimientos Sociales y la escuela en el altiplano 1860-1930” (UNAP-2007), que vengo preparando y cuya publicación se halla próxima)


Todos quienes han investigado sobre movimientos sociales (campesinos) y específicamente sobre los luctuosos sucesos de Pomata deben considerar eventos cuyas motivaciones no corresponden al mismo año, sino a tres levantamientos en el período de diez años, el primer levantamiento se da en 1895, el segundo en 1900 (cuando se creó el distrito de Santa Rosa y se elige como capital al sitio denominado Huanacamaya, motivo por el que los indígenas se sublevan y envían mensajeros a la capital de la república y por ende, como resultado de las gestiones de dicha comitiva, la conformación de la comisión investigadora presidida por el Dr. Alejandrino Maguiña) y el tercero una vez destituido el Sub-prefecto de Chucuito Mayor Teodomiro Gutiérrez Cuevas (1904).

En 1896, después de la asonada rebelión de Juan Bustamante, Puno tuvo el mayor frente de agitación indígena, Kapsoli se limita a observar la abolición de las contribuciones y no repara en la educación (que era estandarte de las agitaciones, como puede observarse en el ideario titulado: Tawantinsuyu – educación – organización – abolición; órgano de los sub comités distritales), en esta, 12 parcialidades de Ilave se habían apoderado de los cerros de Huilacollo y que con una lluvia de piedras “podían reducir a escombros y asesinar a sus habitantes” (Kapsoli), según refiere intentaron hacerse de la ciudad hasta en cuatro oportunidades y los “mistis” sólo pudieron librarse gracias a la intervención del batallón Canta. Algo similar ocurría en Samán (Azángaro) donde los indígenas de apoderaron del pueblo y asesinaron a cuatro mistis en pleno templo, curiosamente en la misma fecha (1896).

“En el mismo año, en Juli, los ayllus de Sihuairo, Ccallín, Callaccani, Pasiri, Yacango y Sales, reunidos en forma clandestina se habían propuesto oponerse al cobro de un impuesto al uso de la sal” (Biblioteca Nacional Mss. D7811, f. 9), sobre este suceso refiere un documento del Archivo Histórico de Puno: “anoche se tumultaron los indios de cuatro parcialidades y se situaron a tres kilómetros de de la población. Todos los vecinos se presentaron y pidieron armas y sólo pudo darles las que tenía” (concuerda con la información de Kapsoli, en fecha, lugar y similitud de documento), sobre lo que Kapsoli manifiesta:“la cantidad de indios oscilaba entre 500, los mismos que encendían fogatas. Estos indios fueron azuzados por vecinos de Pomata, Zepita, Ilave y Desaguadero”.

Los movimientos campesinos/ indígenas fueron latentes en este referente. Algo que se agudizó fue la incorporación del imperialismo en el sur (mediante la Peruvian Corporation) por el control del ferrocarril y el comercio lanero, la incorporación de la ley de vagancia que permitía a las autoridades despachar ingentes cantidades de indígenas a las construcciones de caminos de herraduras y del ferrocarril hacia el Cusco, que tuvieron el único pretexto de explotar y desaparecer a los indígenas so pretexto de vagancia; intención era deshacerse de comunidades enteras de campesinos y apoderarse de sus tierras. Los mismos sucesos se años diferentes para lo que es necesario determinar las siguientes acciones cuyos efectos se verán después.

a) en 1900 un grupo de indios (tres delegados en total: Antonio Chambi, José Antonio Chambilla y Mariano Illachura) provenientes de las comunidades del distrito de Santa Rosa de Juli, quienes presentaron las quejas (al ministro de Gobierno y Policía) por las coacciones, exacciones y vejámenes de que son victimas y que se especifican en sus memoriales del 16 de octubre y del 21 de diciembre último (1901). En dichas quejas ocupa un lugar central los sucesos de Huanacamaya, lo que viene a marcar un proceso conflictivo de la provincia de Chucuito en una nueva etapa. Etapa que se inicia en 1895 cuando se produjeron levantamientos en Ilave y Pomata, en donde los indios fueron masacrados por el Batallón Canta (Rengifo en Rebelión India pág. 60).
b) El 26 de noviembre de 1901 Alejandrino Maguiña fue nombrado miembro de la comisión investigadora de dichos sucesos, ante la renuncia de un miembro Maguiña sume toda la responsabilidad el 17 de diciembre del mismo año.
c) Maguiña llega a Puno el 08 de enero de 1902 y elige como intérprete a Telésforo Catacora (con quien recorre toda la Provincia de Chucuito) culminando su labor el 15 de marzo de 1902 (fecha en que rubrica su informe).
d) Maguiña llega en su informe a la siguiente conclusión: “educar e instruir: he ahí casi todo el secreto de la cuestión. Educar al blanco y al mestizo bajo los principios de la justicia universal y del respeto de la dignidad humana, sin exclusión de razas ni distinciones odiosas. Educar al indio para elevar su raza hasta el nivel de los demás y permitirle que adquiera, junto con la noción de su personalidad, la facultad de defender su derecho contra el dolo, el fraude y la coacción”. (informe de Alejandrino Maguiña sobre los luctuosos sucesos de Chucuito, Lima 15 de marzo de 1902).
e) Telésforo Catacora, el intérprete de Maguiña, es un indio ilustrado que no aspira a arribar económicamente y que no reniega de su raza; sino, muy por el contrario, se siente orgulloso de ella. Es decir, no se ha desclasado, por lo que se le podría calificar de indio revolucionario; aunque su actividad – dada las limitaciones de la época – redunde más en beneficio de la capa de indios con mayores recursos. Es lógico, dentro de la lucha de clases, que los gamonales hayan pretendido apartarlo de Maguiña pretextando que no conocía el aymara, lo que resulta evidentemente falaz (Rengifo, Rebelión India, Pág. 66).
f) Las ideas de avanzada empiezan a germinar en algunos miembros del grupo de comerciantes de lanas o de los que no son indios. Es el caso del honorable y distinguido vecino del distrito de Juli D. Remigio Franco, quien brindó al Dr. Maguiña información verás. El presbítero Valentín Paniagua (quien había abandonado en Lima posiciones expectantes para ir a defender Indios en Pomata). Entre las autoridades también existieron notables excepciones como el Prefecto Miró Quesada, mencionado por Maguiña; habría que mencionar también al Mayor de caballería Teodomiro Gutiérrez Cuevas, quien ocupó la sub-prefectura de Chucuito el 18 de diciembre de 1903.

Posteriormente ocurren otras convulsiones en Pomata, el 04 de octubre de 1903, por lo que el párroco Valentín Paniagua fue acusado por motivar a los indígenas a que se revelaran en contra del estado, so pretexto de supuestos maltratos (en diarios de la época). Los indígenas ocuparon los cerros aledaños y empezaron a lanzar piedras con el impulso de sus hondas provocando bajas considerables en los pobladores de Pomata. Algunos documentos hallados manifiestan que entre los indígenas convergieron Manuel Z. Camacho y los famosos hermanos Chambi (mensajeros de la provincia de Chucuito).

Una vez calmado el escenario bélico Telésforo Catacora (joven estudiante de San Carlos y posterior creador de la Escuela de la Perfección) fue convocado como interprete para la comisión Maguiña. Del mismo modo fue nombrado como Sub-prefecto el Mayor Teodomiro Gutiérrez Cuevas. La interacción de estos personajes facilita el panorama ideológico en que se inició y concluyeron estos sucesos (a la consolidación de la Escuela de la Perfección y la Escuela Nueva 881 –ya que Encinas hacía de secretario de Catacora, la instauración de la Escuela de Utawilaya, y la rebelión de Rumi Maki / Teodomiro Gutiérrez Cuevas, en San José, Azángaro, en 1916).

La naturaleza de estos sucesos refiere a un carácter de reivindicación y de reconocimiento como igual, es decir el surgimiento de un indigenismo legal, que permita las mismas oportunidades a los habitantes de estos referentes.

Gobernaba el país el presidente Don Manuel Candamo, quien a raíz de una queja que presentaron los indios de los ayllus del distrito de Santa Rosa de Juli quienes a través de su abogado el Dr. Santiago Giraldo lograron que se nombrara una comisión presidida por el Dr. Alejandro Maguiña con el objetivo que esta comisión se constituya en la provincia de Chucuito y emita un informe verás sobre los abusos que cometían el sub-prefecto Mariano Cuentas junto a otras autoridades. Cuando Maguiña llegó al pueblo de Juli tomó como intérprete a Telésforo Catacora y como apoderado de los indios al presbítero Valentín Paniagua. El doctor Maguiña recorrió la provincia de Chucuito y recogió abundante información sobre tales acontecimientos. Al redactar su informe explica: “que el indio de la provincia de Chucuito no goza de libertad de su persona, tampoco le tienen respeto a sus bienes”. Maguiña ya de regreso en Lima entregó dicho informe al presidente de la república, quien al enterarse de los sucesos de la provincia de Chucuito nombró, nueve meses después, como sub-prefecto de la provincia al Mayor de ejército Don Teodomiro Gutiérrez Cuevas, natural de cerro de Pasco.

Sobre lo cual Telésforo Catacora escribiría: “(…) no tenemos que alarmarnos tanto. Bien saben ustedes que el señor Tovar es el todopoderoso de estas tierras, ahora bien ¿de qué se trata? Pues nada menos que de él. Estas acusaciones de los indios al ser atendidas á nadie dañan más que a Tovar, y dígase de paso, también a Romaña; pues, estos como nosotros explotan al indio ¡ah! Y en qué escala…dejemos estas cosas, que allá en Lima se arreglarán perfectamente. Verán U.U. entonces, que los mensajeros de Chucuito, los memoriales al presidente, los discursos de los diputados, la delegación de Maguiña no pasará de ser embrollos y nada más que embrollos (…)” (en “Ayes del Indio” publicado en “Movimientos Sociales y Escuela en el Altiplano”. UNAP-2007, “Beso de Lluvia”. CARE-Perú, 2008 y en “las mil lenguas del diablo”. blogspot )

La nueva autoridad llegó a Juli al finalizar el año 1903. En enero del año siguiente abolió todos los abusos y trabajos gratuitos que los indios prestaban a sus autoridades y vecinos de los pueblos de la provincia de Chucuito, lo que durante el Gobierno de Candamo fue aprobado; sin embargo luego de la muerte de este todo volvió a la normalidad, Gutiérrez Cuevas fue sacado de la Subprefectura.

El presidente de la república Don Manuel Candamo falleció en la ciudad de Arequipa el 7 de mayo de 1904. A este respecto Basadre dice lo siguiente: “El presidente vino a Arequipa a tomar baños en el Balneario de Jesús. En esta ciudad se entrevistó con el segundo vicepresidente Don Serapio Calderón y firmaron los decretos en que Candamo entregaba el poder a Calderón, quien asumió el 22 de abril de 1904, en vista que el primer vicepresidente Lino Alarco había fallecido antes”.(“Peruanicemos al Perú”)

Las autoridades de la provincia de Chucuito, ante el nuevo presidente, gestionaron del retiro del subprefecto Mayor Gutiérrez Cuevas. Las gestiones se hicieron a través de los representantes puneños en el Congreso, quienes servían únicamente a sus intereses, en virtud que la mayoría de ellos eran hacendados latifundistas. Las gestiones surtieron su efecto ordenándose desde Lima el retiro del sub-prefecto Gutiérrez. Inmediatamente los puestos de autoridades nuevamente fueron ocupados por los caciques de provincias, de ese modo los abusos se restablecieron: “El mayor Teodomiro Gutiérrez Cuevas durante su corta actuación como sub-prefecto de la provincia de Chucuito había tomado contacto con los principales defensores de los indios entre éstos con el párroco del pueblo de Pomata Dr. Valentín Paniagua, quien desde el púlpito y aprovechando sus contactos con los indios de los ayllus en ocasión de las fiestas patronales predicaba su liberación esto precipitó una sublevación que estalló el día 04 de octubre de 1904, un día antes de la víspera de la fiesta de la Virgen del Rosario” (Luis Gallegos Arreola “Ukhanau” – Sublevación de Pomata).

Al amanecer del día cuatro, varios grupos de indios prendían fogatas en las cumbres de los cerros: Calvario, Apacheta, Chuwañani. Desde las cumbres de los cerros los indios soltaban enormes rocas que se detenían en las faldas del pueblo. Los vecinos alarmados trataron de comunicarse con el Sub-prefecto de la provincia de Chucuito.

Los alambres habían sido cortados, no había servicio de telegramas, por ello no pudieron dar cuenta sobre estos sucesos al dicho Sub-prefecto; sin embargo los pobladores habían de ingeniárselas para enviar al indio Nicolás Ticona, para que éste se confundiera con los lugareños y le lleve el recado al Subprefecto en Juli, este así lo hizo” (Luis Gallegos Arreola “Ukhanau” – Sublevación de Pomata).

Así el Sub-prefecto envió misivas al prefecto de Puno, al día siguiente se divisaba un vapor a toda máquina que se dirigía a Pomata, si bien es cierto no hubo enfrentamiento, los gendarmes capturaron a un número de sublevados, entre ellos a Cirilo Cordero, un indio excombatiente de la guerra con Chile, quien era supuestamente el que había dirigido la sublevación, pero los prisioneros hablaron y dijeron que había sido el Dr. Valentín Paniagua (sacerdote) quien era el autor intelectual de dicha sublevación. Al respecto manifiesta Luis Gallegos en su trabajo que: “en esta sublevación tomó también parte Manuel Zúñiga Camacho, mientras tanto a Paniagua se le abrió juicio sumario en Puno”.

El relato de Gallegos sobre este respecto es anecdótico: “Pues habría, el cura, huido de la cárcel disfrazado de mujer, luego de golpear al gendarme que lo cuidaba. El cura habría dejado los hábitos y se habría establecido fuera del país por un tiempo (…)”.

La importancia de esta sublevación radica en la interacción de personajes como: Teodomiro Gutierrez Cuevas, Telésforo Catacora y Manuel Z. Camacho, la actuación de estos personajes en el desarrollo de los movimientos sociales y en el de la educación resulta de una importancia única (ya que gracias a dichos movimientos y al informe de Alejandrino Maguiña se deberán los eventos posteriores que lograrán la creación escuelas en el altiplano):

1.- En la concreción de la Escuela de Perfección en 1903, escuela para obreros e indígenas (dirigida por Telésforo Catacora y José Antonio Encinas).
2.- La escuela de Utawilaya en 1904, escuela para indígenas (auspiciada por Manuel Z. Camacho).
3.- La Escuela Nueva “881” en 1907, de orientación indigenista (dirigida por José Antonio Encinas, dada la vinculación entre Telésforo Catacora y Encinas durante períodos anteriores y su compañerismo en el Colegio Nacional de San Carlos y en la Normal de Varones de Lima).
4.- La Sublevación del Mayor Gutiérrez Cuevas en 1916 (empleando el seudónimo de Rumi Maki Kori Sonqo, sublevación de reivindicación indígena)

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(*) Publicado en el blog "Las Mil Lenguas del Diablo", espacio dirigido por José Luis Velásquez Garambel y dedicado a la difusión de documentos y trabajos relacionados a estudios culturales y literarios de Puno.

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